lunes, 4 de junio de 2012

El séptimo cuento:

Las Hadas

Érase una viuda que tenía dos hijas; la mayor se le parecía tanto en el carácter y en el físico, que quien veía a la hija, le parecía ver a la madre. Ambas eran tan desagradables y orgullosas que no se podía vivir con ellas. La menor, verdadero retrato de su padre por su dulzura y suavidad, era además de una extrema belleza. Como por naturaleza amamos a quien se nos parece, esta madre tenía locura por su hija mayor y a la vez sentía una aversión atroz por la menor. La hacía comer en la cocina y trabajar sin cesar.

Entre otras cosas, esta pobre niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una media legua de la casa, y volver con una enorme jarra llena.
Un día que estaba en la fuente, se le acercó una pobre mujer rogándole que le diese de beber.
—Como no, mi buena señora, dijo la hermosa niña.
Y enjuagando de inmediato su jarra, sacó agua del mejor lugar de la fuente y se la ofreció, sosteniendo siempre la jarra para que bebiera más cómodamente. La buena mujer, después de beber, le dijo:
—Eres tan bella, tan buena y, tan amable, que no puedo dejar de hacerte un don (pues era un hada que había tomado la forma de una pobre aldeana para ver hasta donde llegaría la gentileza de la joven). Te concedo el don, prosiguió el hada, de que por cada palabra que pronuncies saldrá de tu boca una flor o una piedra preciosa.
Cuando la hermosa joven llegó a casa, su madre la reprendió por regresar tan tarde de la fuente.
—Perdón, madre mía, dijo la pobre muchacha, por haberme demorado; y al decir estas palabras, le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.
—¡Qué estoy viendo!, dijo su madre, llena de asombro; ¡parece que de la boca le salen perlas y diamantes! ¿Cómo es eso, hija mía?
Era la primera vez que le decía hija.
La pobre niña le contó ingenuamente todo lo que le había pasado, no sin botar una infinidad de diamantes.
—Verdaderamente, dijo la madre, tengo que mandar a mi hija; mirad, Fanchon, mirad lo que sale de la boca de vuestra hermana cuando habla; ¿no os gustaría tener un don semejante? Bastará con que vayáis a buscar agua a la fuente, y cuando una pobre mujer os pida de beber, ofrecerle muy gentilmente.
—¡No faltaba más! respondió groseramente la joven, ¡ir a la fuente!
—Deseo que vayáis, repuso la madre, ¡y de inmediato!
Ella fue, pero siempre refunfuñando. Tomó el más hermoso jarro de plata de la casa. No hizo más que llegar a la fuente y vio salir del bosque a una dama magníficamente ataviada que vino a pedirle de beber: era la misma hada que se había aparecido a su hermana, pero que se presentaba bajo el aspecto y con las ropas de una princesa, para ver hasta dónde llegaba la maldad de esta niña.
—¿Habré venido acaso, le dijo esta grosera mal criada, para daros de beber? ¡justamente, he traído un jarro de plata nada más que para dar de beber a su señoría! De acuerdo, bebed directamente, si queréis.
—No sois nada amable, repuso el hada, sin irritarse; ¡está bien! ya que sois tan poco atenta, os otorgo el don de que a cada palabra que pronunciéis, os salga de la boca una serpiente o un sapo.
La madre no hizo más que divisarla y le gritó:
—¡Y bien, hija mía!
—¡Y bien, madre mía! respondió la malvada echando dos víboras y dos sapos.
—¡Cielos!, exclamó la madre, ¿qué estoy viendo? ¡Su hermana tiene la culpa, me las pagará! y corrió a pegarle.
La pobre niña arrancó y fue a refugiarse en el bosque cercano. El hijo del rey, que regresaba de la caza, la encontró y viéndola tan hermosa le preguntó qué hacía allí sola y por qué lloraba.
—¡Ay!, señor, es mi madre que me ha echado de la casa.
El hijo del rey, que vio salir de su boca cinco o seis perlas y otros tantos diamantes, le rogó que le dijera de dónde le venía aquello. Ella le contó toda su aventura.
El hijo del rey se enamoró de ella, y considerando que semejante don valía más que todo lo que se pudiera ofrecer al otro en matrimonio, la llevó con él al palacio de su padre, donde se casaron.
En cuanto a la hermana, se fue haciendo tan odiable, que su propia madre la echó de la casa; y la infeliz, después de haber ido de una parte a otra sin que nadie quisiera recibirla, se fue a morir al fondo del bosque.

sábado, 19 de mayo de 2012


El sexto cuento:

El Gato Con Botas

Un molinero dejó, como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.

El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:

-Mis hermanos -decía- podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.

El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:

-No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.

Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.

Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.

Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:

-He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor Marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.

-Dile a tu amo, respondió el Rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.

En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al Rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El Rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.

El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al Rey productos de caza de su amo. Un día supo que el Rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:

-Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.

El Marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el Rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

-¡Socorro, socorro! ¡El señor Marqués de Carabás se está ahogando!




Al oír el grito, el Rey asomó la cabeza por la portezuela y, reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al Marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre Marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al Rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.

El Rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor Marqués de Carabás. El Rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del Rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el Marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.

El Rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:

-Buenos segadores, si no decís al Rey que el prado que estáis segando es del Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.

Por cierto que el Rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.

-Es del señor Marqués de Carabás -dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.

-Tenéis aquí una hermosa heredad -dijo el Rey al Marqués de Carabás.

-Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.

El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:

-Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al Marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.

El Rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.

-Son del señor Marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el Rey nuevamente se alegró con el Marqués.


El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el Rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor Marqués de Carabás.

El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.

El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era este ogro y de lo que sabía hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.

-Me han asegurado -dijo el gato- que vos tenías el don de convertiros en cualquier clase de animal; que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.

-Es cierto -respondió el ogro con brusquedad- y para demostrarlo veréis cómo me convierto en león.

El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.

Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.

-Además me han asegurado -dijo el gato- pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.

-¿Imposible? -repuso el ogro- ya veréis-; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.

Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.

Entretanto, el Rey, que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al Rey:

-Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor Marqués de Carabás.

-¡Cómo, señor Marqués -exclamó el rey- este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.

El Marqués ofreció la mano a la joven Princesa y, siguiendo al Rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el Rey estaba allí.

El Rey, encantado con las buenas cualidades del señor Marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:

-Sólo dependerá de vos, señor Marqués, que seáis mi yerno.

El Marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el Rey; y ese mismo día se casó con la Princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.

martes, 8 de mayo de 2012

El quinto cuento:

Blancanieves

Había una vez un rey que tenía una hija con una piel tan blanca, que todo el mundo la llamaba Blancanieves. La jovencita vivía en el castillo con su madrastra, una mujer malvada y envidiosa.

Todos los días por la mañana, la madrastra preguntaba a su espejo quién era la mujer más hermosa: ¡Ella! Pero un día el espejo respondió:

- Blancanieves es más hermosa que tú.

Llena de furia, ordenó a un cazador que matase a Blancanieves. El cazador, que tenía buen corazón, no cumplió la orden.

Blancanieves se refugió en una casita. Allí había siete camas pequeñitas, y, como estaba muy cansada, se quedó dormida.


Más tarde llegaron siete enanitos, que miraron asombrados a la muchacha.

Cuando Blancanieves se despertó, contó a los enanitos su triste historia. Los enanitos le dijeron que se quedase con ellos, y prometieron no abrir la puerta a nadie.

Un día llamó a la puerta una anciana. Era la madrastra disfrazada, que le dió una sabrosa manzana.

Blancanieves la aceptó y probó un mordisco. Estaba envenenada: la muchacha cayó al suelo como si se hubiera muerto.

Los enanitos hicieron todo lo posible para reanimarla pero en vano. Entonces la colocaron en una caja de cristal, cerca de la casita.

Un día pasó por allí un príncipe que, admirado, se acercó a Blancanieves, para darle un beso.

Al besarla, el trozo de manzana salió de la boca de la muchacha, que volvió a la vida y, llena de felicidad se casó con el joven príncipe.

domingo, 29 de abril de 2012


El cuarto cuento:

La Cenicienta

Cenicienta vivía con su madrastra y dos hermanastras que no la querían nada.

Un día el príncipe, que quería casarse, dió una fiesta para conocer a todas las jovencitas del reino. Naturalmente, a Cenicienta no le dejaron ir, y tuvo que quedarse en casa limpiando.

Cansada, se sentó junto a la chimenea, y entonces apareció un hada buena que quería ayudarla. Con su varita mágica convirtió una calabaza en carroza y unos ratoncitos en cocheros. Le dió también un hermoso vestido y unos zapatitos de cristal.
- Ahora vete a la fiesta, pero deberás estar de vuelta antes de medianoche, porque a esa hora desaparecerá todo esto. - Le dijo el hada.

En el palacio, el príncipe bailó todo el tiempo con ella, sin fijarse lo más mínimo en las otras chicas.

El reloj dió las doce, y Cenicienta se despidió del príncipe.  Con las prisas perdió un zapato, y el joven, muy enamorado, lo recogió en la escalinata.

Al día siguiente un pregonero anunció que el príncipe había decidido casarse con la joven que había perdido el zapato. ¡Menuda sorpresa cuando se descubrió que sólo entraba en el pie de Cenicienta!

El príncipe, feliz, se casó con ella, y Cenicienta se convirtió en la reina más querida por el pueblo. Juntos vivieron largo tiempo, felices y contentos.

domingo, 22 de abril de 2012


El tercer cuento:

La Bella Durmiente

Había una vez un rey que estaba muy triste porque no tenía hijos. Pero un día la reina dió a luz una hermosa niña.

Para festejar el nacimiento, invitaron a todas las hadas del reino. En mitad de la fiesta apareció un hada vieja, a la que nadie había invitado porque creían que estaba muerta.

Llena de rabia, profetizó que la niña moriría pinchándose con una aguja.

Mandaron destruir todas las agujas del reino. Pero un día, la prinsea vio a una vieja que estaba cosiendo.

Quiso probar ella también, se pinchó un dedo, y se desvaneció.

La profecía se había cumplido. El rey y la reina estaban desesperados. Pidieron ayuda a una hada buena, que les dijo que la muchacha estaba sólo dormida, y que así estaría hasta el día en que un príncipe la despertase.

Transcurrieron muchos años, y en torno al castillo creció una espesa selva. Un día pasó por allí un príncipe que, lleno de curiosidad, se acercó al castillo.

Entro en él, y se sorprendió de ver a todos dormidos. Al ver a la princesa, se admiró tanto de su belleza que la besó con delicadeza. El encantamiento se deshizo.

La princesa abrió los ojos y miró con alegría al príncipe. La vida retornó al castillo, como si nada hubiera pasado.

El príncipe, enamorado de la muchacha, decidió casarse con ella y, con el permiso del rey y de la reina, la llevó a su castillo donde vivieron felices para siempre.



Tiempo después...en 1835, H. C. Andersen adaptó este cuento en femenino, titulándolo como:

Pulgarcita

Érase una vez una señora que recibió de un hada un grano de cebada. Cuando los sembró, apareció una niña tan chiquitita que le llamaron Pulgarcita.

Pulgarcita crecía tranquilamente entre las flores, hasta que un día un sapo decidió casala con su hijo. Pulgarcita se asustó mucho y gritó pidiendo auxilio.

Un abejorro que pasaba por allí se la llevó lejos del riachuelo.

Durante algún tiempo vivió en el bosque, comiendo cerezas y fresas, y bebiendo gotitas de rocío. Al llegar el invierno tuvo que buscarse un refugio, y lo encontró en la casita de un ratón de campo.

Pulgarcita le limpiaba la casa y, al atardecer, le contaba bellas historias.

El ratón tenía un amigo topo, que, como no veía bien, necesitaba alguien que lo cuidase.

Mientras tanto, Pulgarcita había curado a una golondrina herida que no pódía volar.

Cuando Pulgarcita se enteró de que el topo quería casarse con ella, huyó subida al pájaro.

Juntos llegaron a un bellísimo jardín.

Allí encontró al rey de las flores, quién le pidió que se casase con ella. Pulgarcita dijo que sí y, llena de felicidad, vio que también ella tenía dos alas para volar.

sábado, 21 de abril de 2012


El segundo cuento:

Pulgarcito

Hace muchos pero muchos años, en un lejano pueblecito, vivía una familia que tenía siete hijitos. Pulgarcito, que recibió ese nombre por ser el más pequeñito de los hermanitos, oyó un día a sus padres que decían con pena:

 -Tendremos que enviar a los niños al bosque pues, parece que un malvado ogro quiere venir a robárnoslos.

Al día siguiente, los padres los mandaron a lo más espeso del monte para que se escondiesen, y así aunque el ogro les preguntara, ni siquiera ellos sabrían donde estaban.

Pulgarcito, que sabia la verdad, fue dejando caer migas de pan por el camino así podrían regresar... pero, ¡ OH, sorpresa! Por la noche las migas habían desaparecido, pues los pajaritos se las comieron. Los niños asustados comenzaron a llorar. En aquel momento Pulgarcito se subió a la parte más alta de un gran árbol y descubrió a lo lejos un castillo.

Pulgarcito llamó a la puerta y una mujer regordeta les abrió, les invitó a cenar y dormir.

Aquella noche mientras dormían oyeron unas pisadas muy fuertes... y... ¡Pulgarcito vio al enorme gigante! Que mientras los contaba decía:

¡Qué ricos estarán estos siete pequeños fritos con una buena salsa! Al oír esto, muy asustado despertó a sus hermanos:

-¡Escapemos de aquí! ¡Corran es el ogro que quiere comernos!

Tan rápido corrieron que el gigante cayó de cansancio al piso, quedándose dormido. Entonces Pulgarcito se le acercó muy despacito para no despertarlo y aprovechó para quitarle las botas mágicas, sin las cuales quedó convertido en un hombrecillo común.

El Rey lo recompensó por haber vencido a tan temido ogro y con las monedas recibidas regresaron a casa de sus padres. Estos, muy contentos los recibieron con los brazos abiertos y desde aquel momento vivieron todos felices gracias a Pulgarcito el más pequeñito pero también el más valiente del lugar.


jueves, 19 de abril de 2012

RUMBO A NEVERLAND


Para llegar hasta Neverland, nos tenemos que remontar hasta 1677 con un gran precedente de Charles Perrault con los cuentos de la Madre Oca Gauso, que a pesar de no estar dirigida en un primer momento para los niños consolida el gusto infantil. 

El primer cuento:

Caperucita Roja
 
Erase una vez una niña muy bonita. Su  
madre le habia hecho una capa roja y la
niña la llevaba tan a menudo que todo
el mundo la llamaba Caperucita Roja.

Un dia , su madre le pidio que llevase unos
pasteles a su abuelita que vivia al otro lado del
bosque , recomendandole que no se
entretuviese en el camino , porque cruzar el
bosque era muy peligroso , ya que siempre
estaba acechando por alli el lobo.

Caperucita Roja recogio la cesta con los
pasteles y se puso en camino. La niña tenia
que atravesar el bosque para llegar a casa de
la Abuelita , pero no tenia miedo porque alli
siempre se encontraba con muchos amigos:

los pajaros, las ardillas...

De repente vio al lobo , que era enorme , 
delante de ella.

- ¿A donde vas , niña? - le pregunto el lobo
con su voz ronca.
 
- A casa de mi Abuelita - dijo Caperucita.

 - No esta lejos - penso el lobo para si,
dandose media vuelta.


Caperucita pasea por el bosque laralaralarito

Caperucita llega a casa de su abuelita

Caperucita puso su cesta en la hierba y se
entretuvo cogiendo flores: - El lobo se ha ido
-penso- , no tengo nada que temer. La abuelita
se pondra muy contenta cuando la lleve un
hermoso ramo de flores ademas de los
pasteles.

Mientras , el lobo se fue a casa de la
Abuelita , llamo suavemente a la puerta y la
abuelita le abrio pensando que era su nieta
Caperucita. Un cazador que pasaba por alli
habia observado la llegada del lobo.
El lobo devoro a la Abuelita y se puso su gorro rosa
se metio en la cama y cerro los ojos. No tuvo que
esperar mucho , ya queCaperucita Roja llego
enseguida , toda muy contenta.



FIN

 

NEVERLAND

Neverland "El País de Nunca Jamás" es una isla ficticia descrita en la novela fantástica de J. M. Barrie, "Peter Pan".


Nunca Jamás es un país imaginario donde los niños no crecen y sólo existen la diversión y la felicidad. Este lugar es habitado por los niños perdidos, liderados por el héroe infantil, Peter Pan. La población de dicho país agrupa también a temibles piratas como el Capitán Garfio y salvajes indios. Otros tipos de seres habitan además la isla, como Campanilla, un hada; y el Cocodrilo, que se llevó la mano del Capitán Garfío, así como el calamar gigante al que el Capitán tanto teme.

De acuerdo con la leyenda, si alguien desea llegar a este lugar deberá girar en la segunda estrella a la derecha, volando hasta el amanecer.